lunes, 24 de noviembre de 2014

Anécdotas de un Inmigrante II


Les sigo contando que mi primer trabajo fue con un Hondureño que conocí  a través de unos amigos familias, el trabajo era como ayudante pagando Cerámicas y Pisos, tenía muy buena paga,  sin embargo no era fijo solo fue por unos días, por lo cual me fui a una Agencia de Trabajo y ahí me enviaron para una Bodega en Manhattan supuestamente para trabajar como Repartidor; la Bodega era de unos Árabes, al ser entrevistado por los Árabes me entere de que no era tal y como me habían dicho en la Agencia, el trabajo consistía en recibir las mercancías, ordenarlas, almacenarlas y mantener llenos los exhibidores y tramos de la Bodega, ademas de limpiar y sacar la basura; comencé en pleno Verano, las mercancías se almacenaban en el Sótano, para acceder al mismo había que pasar dos puertas pequeñas, una que daba acceso al área donde estaba el Manager, la cual quedaba en la misma área donde se paraban los clientes que iban a jugar Loterías, tenía que agacharme con la carga en los brazos y pedirle permiso a los clientes (la primera expresión  en ingles que practique fuertemente fue “Excuse me…”), la segunda puerta estaba en el área del Manager en el piso, tenía que levantarla y suspenderla de una soga para mantenerla abierta, esta daba a una escalera de madera de unos dos pies y medio de ancho aproximadamente, esto es el ancho de una puerta de una habitación; cada vez que bajaba o subía tenía que cerrarla para que el Manager no se fuera a caer (esto me acordó la película de Jeff Briges y Kim Basiger, The Door in the Floor, http://www.imdb.com/title/tt0348593/?ref_=nv_sr_3).
El trabajo era de 12:00 pm a 12:00 am los 7 días de la Semana, por 500 dólares; 12 horas con apenas media hora de descanso (un compañero se burló de mí, diciéndome que ellos daban un día libre cada dos semanas, lo tome y cuando cobre esa semana, me descontaron 100 dólares, le reclame que porque si los días me salían a 71.4 dólares ellos me estaban quitando 100, la respuesta fue de acuerdo a su personalidad), la ventaja era que me podía comer y beber la Bodega sin tener que pagar; a medida que transcurrían las horas sentía que mi vida se iba a quedar plasmada en unos de los peldaños de la estrecha escalera de madera que tenía que subir con un huacal plástico (de los que usan para transportar los galones de leches), lleno de envases de Cervezas, Soda y Jugos; sus peldaños en su mayoría flojos en ocasiones cuando los pisabas me causaban lesiones en los tobillos y pies; sin embargo no podía desmayar y darle cariño a mi situación, debía seguir hasta donde mi Dios me permitiera y me llenara de fuerzas. Las 12 horas me la pasaba llenando esos exhibidores, los cuales eran insaciables, mientras más los rellenaba, más se vaciaban, esto también me generaba mucho trabajo en el Sótano, pues tenía que organizar la mercancía, romper y amarrar las cajas vacías; sudaba como un Potro en una carrera de caballos o por todo una jornada de trabajo en el campo; me quedaba desnudo de la cintura hacia arriba, para poder soportar el tremendo calor; me tomaba hasta 5 litros de agua diarios, rebaje 35 libras en solo un mes; Los sándwich me repugnaban, me los comía como si fuesen una medicina de la más amarga y dura de tragar, pues ya había aprobado la gran variedad que se vendían en el Deli de la Bodega.
En mi desesperación pedí mucha ayuda, hice muchas llamadas, sin encontrar la salida a mi realidad; encontré aliento y consuelo en mi amigo y hermano, así como también en tres excompañeros de CODETEL, los cuales tenía más de 20 años que no le veía, pero sus corazones son tan inmensos que me trataron como que ese tiempo de distancia no había recorrido; contrarios a otros quienes me nominaban “Hermano”, los cuales en más de un año aquí no lo he podido ver. Lloraba y Oraba, hasta que un Domingo cuando preparaba el último viaje de Cervezas para completar las neveras, una botella de 24 oz se explotó en mis manos, solo dejándome el cuello, los fragmentos de vidrios se dispersaron por todo lados y ninguno me toco; sentí que era la señal de Dios que estaba esperando, donde me decía que había escuchado mi clamor y que ese era mi último día en dicha Bodega; fueron 30 días que me parecieron todo una eternidad
El Lunes siguiente a ese gran y revelador Domingo, conseguí un trabajo en un Licor Store, iniciando a trabajar de manera inmediata, meno paga, pero mucho menos trabajo. Le di la gracias a Dios por esa experiencia de vida, pues crecí como ser humano, pues me ayudo apreciar más la vida y ser más sensible, a entender los vulnerables que somos sin Dios y lo fuertes que podemos ser con su amor y poder. Vive y Convive.